
Texto Base: «Y por haberse multiplicado la maldad, el amor de muchos se enfriará.» (Mateo 24:12)
El enfriamiento del amor rara vez ocurre de manera repentina. Casi nunca comienza con un acto de rebeldía abierta ni con una negación consciente de la fe. Empieza cuando el corazón se acostumbra a convivir con la maldad hasta dejar de sentir dolor por ella. Lo que antes entristecía la conciencia termina pareciendo normal. Lo que antes despertaba compasión se convierte en indiferencia.
La maldad tiene una capacidad silenciosa de erosionar la sensibilidad humana. Una persona puede seguir sonriendo, trabajando y manteniendo sus rutinas religiosas mientras por dentro se ha vuelto incapaz de amar con la misma intensidad de antes. Ya no llora por el sufrimiento ajeno. Ya no se conmueve ante la injusticia. Ya no siente urgencia por perdonar ni deseo de servir.
El peligro no consiste únicamente en que el mal exista alrededor, sino en que el alma aprenda a vivir cómodamente en medio de él. La repetición constante de la violencia, el egoísmo y la traición puede producir un cansancio espiritual que termina apagando la capacidad de amar.
El amor se enfría cuando el corazón decide protegerse dejando de sentir. Es una especie de invierno interior en el que la persona deja de esperar cambios, deja de creer en la restauración y comienza a vivir únicamente para sí misma.
Sin embargo, la verdadera tragedia no es la existencia de la maldad, sino permitir que la oscuridad ajena determine la temperatura de nuestro amor. El mal puede multiplicarse, pero el ser humano todavía tiene la responsabilidad de vigilar su corazón para que la compasión, la misericordia y la fidelidad no desaparezcan.
Cuando observas cuánto ha cambiado tu capacidad de amar, perdonar y conmoverte por los demás, ¿puedes decir con sinceridad que la maldad del mundo no ha comenzado también a enfriar tu propio corazón?