Hay una clase de muerte que no detiene el corazón ni cierra los ojos. Es una muerte silenciosa, invisible, capaz de habitar en medio de la rutina diaria. Una persona puede seguir caminando, trabajando y sonriendo, y al mismo tiempo estar profundamente desconectada de la fuente de la vida. Esa es la tragedia del pecado: primero separa el alma de Dios y después deja que esa separación extienda sus consecuencias sobre toda la existencia. Fuimos creados para algo más que simplemente existir. El ser humano fue formado para vivir en…
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